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La tranquila vida de barrio con niños volviendo del cole, señoras peripuestas con tacones pero llevando su compra en la cesta de la bici, y un tímido sol que nos ha ahorrado casi todo el viaje el encender la calefacción independiente, nos hizo volver a la carga.

Concretamente a las cargadas autopistas A96 y A7, con varios tramos de retenciones por obras y sentidos únicos. Lo bueno de conducir vehículos–vivienda es que cuando el tráfico te toca los webs, tú te paras y haces vida normal. Sin estresarse.

Lo que hicimos fue comer cerca de Ulm, patria chica de don Alberto Einstein, la de la catedral de única y bellísima aguja que puede verse desde kilómetros a la redonda.

Descansado también el cuerpo en otras áreas y ya casi a las puertas de Nürnberg, empezamos a darnos cuenta de que lo ventajoso en esta región es darle de beber al motor donde esté la marca Aral, unas gasolineras completamente azules.

Lo primero que nos pillaba de paso fueron las inmensas explanadas Zeppelinfeld, de contornos inacabados, donde se celebraban durante el auge del partido nacionalsocialista alemán en los años 30 pasados sus multitudinarias concentraciones de hasta cien mil personas.

Ahí, en quizá la más típicamente alemana de las poblaciones,



patria de otro Alberto, el pintor Durero, cuya casa se conserva,



algo así como la Castilla la Vieja germánica, se daba el perfecto caldo de cultivo para la exaltación de aquella ideología proaria, patriótica y fascista de batallones alineados.



En esta plaza también, acabada la última gran conflagración mundial, se sentenciaron por un tribunal internacional los crímenes de guerra cometidos por el gobierno nazi en el famoso Proceso o Juicio de Nürnberg (1945–1949).

Tuvimos suerte estacionando en un aparcamiento cubierto en silo en el mismo centro de la ciudad, de ésos que parecen oficinas por fuera



y por dentro tienen coches con sus humos bien ventilados.

Lo que más sorprende aquí es el hecho de que, siendo una ciudad de más de medio millón de habitantes, moderna y extensa, conserve intactas sus murallas y las integre como un todo en la estructura urbana.

Por más que era noche de viernes, la animación callejera encubría ya restaurantes alemanes con la cocina cerrada. De nuevo hubo que recurrir en el 51 de Königstrasse a una mesa napolitana. Comida rica, trato familiar y estilo bromista:

–La cartina è rubata! è rubata!– decía el camarero cotejando el DNI como de coña. –Tú no eres éste de la foto. Y la tarjeta es robada– gritaba mientras sonreía...

Porque fuera de España todos se extrañan de que aquí sea más o menos obligatorio de exhibir junto a la tarjeta en los pagos. Ambiente simpatiquísimo el de este garito llamado Cucina Italiana, de tiramisú cremoso como pocos.

El deambular de sitio en sitio nos hizo toparnos, aparte de con montones de vidrios que habían tenido vodka horas antes,





con este ejemplar de IVECO turboDaily 4x4 en una calle oscura :



Las A9 y A72 nos acercaron rápidamente hacia Taltitz, y, como todas las zonas de descanso estaban invadidas de camiones, hubo suerte y junto a la salida 5 encontramos en la carretera paralela B173 un tranquilo aparcamiento frente al lago.

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